En primer lugar, porque es alta y persistente la precariedad laboral en Argentina: aunque ha bajado levemente en los últimos años, es aún más alta que a mediados de los 90. Mientras sea así, poco podrá hacerse para que los jóvenes accedan a empleos de mayor calidad.
Ahora bien, si se es joven pobre, la probabilidad de tener un empleo precario es del doble. Estos jóvenes acceden a trabajos informales y ocasionales muchas veces porque les urge generar ingresos.
Algunos de ellos son beneficiarios de planes sociales, muchas de las jóvenes trabajan en el servicio doméstico. Además, aunque hayan terminado el secundario, suelen sufrir discriminación basada en el aspecto físico, las actitudes, el lenguaje, el lugar de residencia. Pero peor aún: en la mayoría de esos trabajos aprenden poco, y no adquieren una experiencia valiosa para futuros empleos.
Se suma que a muchos de los "buenos" empleos se llega a través de relaciones sociales.
Mejorar esta situación requiere de más y mejor escolaridad; más información y orientación durante la inserción laboral; "puentes" con buenos empleos; mecanismos que resguarden la protección social, cumplimiento de las leyes laborales y más generación de buenos empleos.
Claudia Jacinto
Investigadora del CONICET- IDES
Fuente: www.clarin.com
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